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Viviendo deprisa

La idea de escribir este post se me ocurrió mientras disfrutaba de un ratito de relax en mi terraza. Y es que, sin darme cuenta, una sonrisilla de satisfacción llevaba dibujada en mis labios desde hacia unos minutos. ¿El motivo? Me estaba empapando de la vida gracias a prestar atención plena al momento.

Mi plan —habitual, por otra parte— pasaba por observar cuanto ocurría a mi alrededor, ya fuese una avispa curioseando unas flores, el suave mecer de las hojas de los árboles, el volar de un pájaro, el sonido del tren al llegar a la estación o la risa de los niños jugando en el parque. Todo ello me hacía estar presente y conectada con la vida.

Por desgracia, el ser conscientes del momento y lograr con ello paz interior no sucede a menudo. Y no porque no podamos, sino porque nos dejamos engullir por el sistema y el ritmo que ha impuesto la sociedad en los últimos tiempos.

Y es que parece que desde hace algunos años es lo que «triunfa» y está de moda: comida rápida y procesada ya lista para tomar, bombardeo de contenido de todo tipo las 24 horas del día —en este post te cuento cómo hacer un detox digital—, constante publicidad invitándonos al consumismo, mostrar al mundo a través de las redes sociales lo fabulosa que es la vida multitask, realizar compras sin salir de casa y con entrega en cuestión de horas…

¿Realmente te has parado a pensar en todas las cosas maravillosas que te estás perdiendo al sucumbir a la inmediatez, al «puedo con todo», a la infoxicación —aquí te hablo sobre ella— o a dar prioridad a lo virtual antes que a lo real?

¿Y en cómo este vivir deprisa afecta a tu salud emocional?

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Pongamos un par de ejemplos. Científicamente se ha demostrado que el uso excesivo de los smartphones altera nuestro sistema nervioso, desencadenando incluso ansiedad; por no hablar de que, entre otras cosas, también altera el ciclo del sueño. ¿Y qué ocurre cuando esto sucede? Que nos sentimos agitadas, irritadas, agotadas mentalmente… y así un largo etcétera de malestares y emociones, digamos, poco agradables.

Vamos con el segundo de los ejemplos. Comprar, comprar, comprar… ¿Verdaderamente lo necesitas o lo haces para tapar una carencia interna? Inferioridad, impulsividad, miedo al rechazo… Pueden ser muchas las razones que te lleven a pulsar el botón de compra. Esto es algo que los grandes expertos en marketing y publicidad saben y se aprovechan de ello; porque, sí, todo está estudiado al milímetro, incluida tu vulnerabilidad emocional.

No me malinterpretes, no se trata de ser drásticas, lo slow es compatible con la modernidad y el sistema, simplemente es cuestión de frenar e imponer nuestro propio ritmo de vida sin dejarnos arrastrar por la corriente.

Algo tan sencillo como pautar unos horarios para consultar las redes, llevar una dieta sana y equilibrada, realizar la compra en los comercios de proximidad —si es posible— o consumir lo que realmente nos apetece y no lo que nos cuasi obligan son algunos de los hábitos que podemos establecer en pro de desacelerar nuestro ritmo de vida.

Y, por supuesto, mucho autocuidado.

Dedícate a diario un ratito, por poco que sea, a estar a solas contigo misma. Porque por mucho que bajes revoluciones con respecto a la sociedad, si no te mimas, tus emociones se verán de igual modo resentidas.

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¿Cómo definirías tu ritmo de vida? Déjame tu comentario 😉 (y si te ha gustado el post, no dejes de compartirlo. ¡Gracias!).

💟 Por cierto, ¿sabías que la felicidad se puede entrenar? Te lo cuento en el e-book gratuito Momentos felices, 21 ideas para mimarte 😉.

Me encantaría conocer tu opinión. ¡Te leo!

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